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La capacidad predictiva de los economistas es reveladora. ¿Por qué seguimos escuchándoles?

“Asusta pensar que uno podría no saber algo, pero asusta todavía más pensar que, en su mayor parte, el mundo está gobernado por gente convencida de que sabe lo que está sucediendo.” Amos Tversky

A los seres humanos nos sorprenden constantemente las vueltas que da la vida. A comienzos de 2014, los habitantes de llanuras aluviales en el Reino Unido se sorprendieron al tener que bombear el agua que había inundado sus casas. Los compradores de lotería suelen quedar decepcionados cuando sus lotes no reciben premio. Y los economistas suelen verse obligados a cambiar sus previsiones a la luz de noticias inesperadas. Como es natural, ninguna de estas personas esperaba verse sorprendida.

Para los economistas, sin embargo, la cosa es especialmente delicada. En su conjunto, rara vez han pronosticado algo de forma correcta y constante durante un período multianual. Las expectativas de consenso de PIB, inflación y beneficios ilustran este problema: sin excepción, muestran cambios de opinión con el paso del tiempo, y los mayores errores de previsión tienden a ocurrir en torno a puntos de inflexión o recesiones. El siguiente gráfico muestra los cambios en las expectativas de crecimiento del PIB brasileño.

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En ocasiones, estos cambios muestran patrones determinados. Cuando se producen cambios estructurales, como por ejemplo la caída de la inflación subyacente durante la última década, suelen pasar muchos años hasta que los economistas acaban incorporando dicho cambio en sus previsiones de consenso. En otros casos, es un acontecimiento exógeno el que provoca un cambio significativo en el entorno económico que lleva a todo el mundo a revisar sus pronósticos. Un ejemplo de lo anterior fue la crisis crediticia y la quiebra de Lehman Brothers. La crisis de liquidez que tuvo lugar en el cuarto trimestre de 2008 cambió drásticamente el panorama para 2009.

El hecho de que realizar previsiones económicas es difícil no es nada nuevo. Esta idea lleva mucho tiempo formando parte del programa de economía básica en las escuelas, y por tres buenas razones. Primeramente, las economías son sistemas complejos. Las relaciones entre las distintas partes del sistema no son estáticas, y tienen lugar cambios estructurales. En segundo lugar, los cambios en la política –y en especial la monetaria– no tienen un efecto inmediato en la economía real, sino que tardan más o menos tiempo en verse reflejados en las cifras. Y tercero, los datos económicos son propensos a sufrir revisiones, en ocasiones mucho después de los hechos, con lo que los cambios de política se realizan con datos incompletos o imprecisos.

Últimamente ha quedado claro que la predicción económica se convertirá en una actividad más difícil si cabe. La combinación de globalización, cambio tecnológico y las secuelas de un ciclo crediticio de auge y recesión cambiará para siempre muchas relaciones existentes. La globalización lleva tiempo siendo un factor determinante, y un desarrollo clave a este respecto es la entrada de millones de trabajadores de los mercados emergentes en la población activa global. En la década de los noventa se escribió mucho sobre el cambio tecnológico y su impacto en las economías, pero apenas hemos comenzado a ver su trascendencia en términos de ganadores y perdedores. Por último, las implicaciones de la desregulación y la lucha para afrontar las secuelas del ciclo de auge y recesión del crédito representan un fenómeno completamente nuevo, que nos llevará tiempo comprender plenamente.

Ni siquiera los bancos centrales, con cientos de economistas altamente cualificados y complejos modelos informáticos a su disposición, logran generar un historial predictivo superior al resto. La experiencia del Banco Central Europeo (BCE) desde 2011 ilustra el problema.

En 2011, el BCE elevó sus tipos de interés en dos ocasiones para abordar lo que consideró como un riesgo para el panorama de inflación. Por aquel entonces la inflación era del 2,7%, y la entidad declaró temer una subida generalizada de los precios a medio plazo. Desde entonces, el IPC de la eurozona no ha dejado de caer; la expectativa actual para 2014 es del 1,1%. ¿Erró el BCE en su pronóstico? A lo mejor fue necesario el endurecimiento monetario para asegurar que la inflación no se convirtiera en un problema, pero ¿habría el BCE subido sus tipos de haber sabido que el crecimiento real iba a ralentizarse y que el conjunto de la eurozona volvería a un escenario de recesión en 2012? Trichet afirmó que el impulso subyacente de crecimiento económico en julio de 2011 seguía siendo positivo, pero en septiembre reconoció que existían riesgos a la baja. Cuando en la conferencia de dicho mes se le preguntó si la desaceleración del crecimiento implicaba la necesidad de dar marcha atrás a las subidas de tipos previas, respondió que las expectativas de inflación tenían que estar firmemente ancladas, y que no detectaba riesgo alguno de deflación. A principios de noviembre, ya con Mario Draghi al frente del BCE, el precio del dinero volvió a rebajarse en 25 puntos básicos, tras lo cual siguieron cuatro nuevos recortes de tipos hasta un mínimo histórico del 0,25% a finales de 2013.

Por su parte, el Banco de Inglaterra tampoco lo ha tenido fácil. En 2012 se solicitó a David Stockton que revisara la capacidad predictiva del Comité de Política Monetaria, y su informe puede leerse aquí. Su conclusión fue que el historial predictivo del CPM en el periodo previo había sido considerablemente peor que antes de la crisis, y ligeramente peor que el de pronosticadores externos.

Tras publicarse el informe de Stockton, Ben Broadbent volvió a tratar la capacidad de predicción del BoE en un discurso realizado en mayo de 2013, en el que describió tres categorías de error: incógnitas conocidas (como por ejemplo cambios en la oferta de petróleo y sorpresas políticas a las que se debió la existencia de los gráficos de abanico), errores de predicción (lo cual explicaría por qué algunos pronósticos son mejores que otros) e incógnitas desconocidas: multitud de cosas que ni siquiera se habían planteado con antelación, incluidas las roturas estructurales.

Más entrado el año, Charlie Bean hizo un discurso en el que incluyó resultados relativos a gráficos de abanico, así como un análisis de la introducción del forward guidance. Una de sus conclusiones más significativas: «hemos descubierto que sabemos menos de lo que pensábamos sobre el funcionamiento de la economía». El gráfico 2 ilustra la evolución del PIB frente a la expectativa presentada previamente por el BoE en forma de gráfico de abanico.

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Habiendo constatado que pronosticar es muy difícil y que muy pocas personas logran hacerlo de forma precisa y consistente, lo más desconcertante es que los seres humanos no parecen aprender de sus errores. Muchas personas no echan la vista atrás para ver si la vida ha resultado ser tal como esperaban, quizá por lo doloroso que resulta admitir los errores cometidos, o tal vez porque consideran que hacerlo no les aportará ninguna lección. Por otra parte, tener que admitir que una serie de pronósticos han sido erróneos también dañaría a su credibilidad.

Al mismo tiempo, el mediocre historial predictivo de la mayoría de los economistas también da pie a otra pregunta: ¿por qué sigue la gente haciendo estos pronósticos? Existen varias razones por las que predecir el futuro. Además de ser estimulante, otorga una sensación de poder, ya que la persona que formula un pronóstico parece saber más sobre el futuro que su público. Los economistas también realizan previsiones porque así se lo solicitan quienes las consideran una aportación útil para otras actividades, como por ejemplo la formulación de política económica y la toma de decisiones de inversión.

Pero si pronosticar con acierto de forma consistente es tan difícil, ¿cuál es la alternativa? Una opción sería no realizar predicciones. Ante la pregunta, por ejemplo de un periodista, sobre la situación económica en el plazo de un año, la respuesta correcta debería ser «no lo sé», o bien «existe una amplia gama de posibles escenarios». Sin embargo, lo más probable es que cualquiera que responda de esta forma deje de recibir preguntas de este tipo y sea sustituido por alguien que sí esté dispuesto a realizar pronósticos. Un enfoque más práctico es pensar sobre el régimen económico y lo que implica para las variables clave: producción, inflación y beneficio. Inclinarse por la idea de que la inflación no representa un problema (debido a la globalización y al cambio tecnológico), significa que en ocasiones, cuando la inflación preocupa a los mercados, resulta más fácil determinar si la renta fija es una inversión atractiva. No obstante, eso es muy distinto a participar en el juego de realizar pronósticos anuales de IPC y cotejarlos regularmente con las expectativas de consenso. Observar que el capital tiende a prevalecer sobre la mano de obra, debido nuevamente a esos mismos factores estructurales, implica que una participación creciente del beneficio en el PIB es completamente comprensible, y no sugiere que en adelante exista una mayor probabilidad de que los márgenes vaya a caer en lugar de subir. Concentrarnos en un planteamiento estructural y comprender por qué la formulación de previsiones cíclicas encierra tantos peligros nos permite sustraernos mejor al ruido constante en los mercados, y quizá sorprendernos menos cuando las cosas no van como esperábamos inicialmente.

Durante su visita a la London School of Economics en noviembre de 2008, la Reina Isabel calificó a la crisis financiera de “horrible” y preguntó por qué nadie la había anticipado. El director de investigación respondió educadamente que «en cada fase, alguien confiaba en la labor de otra persona, y todo el mundo pensaba que estaba haciendo lo correcto»; sin embargo, tal vez debería haber explicado que pese a lo extremo de los acontecimientos recientes, la falta de capacidad de previsión no era nada nuevo. Podría incluso haber citado a John Kenneth Galbraith, que afirmó que «la única función de los pronósticos económicos es hacer que la astrología parezca una ciencia respetable».


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