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¿…ni una sola gota para beber? ¿Se esfuman los especuladores al disminuir la liquidez?

Benjamin Graham distinguía entre «inversores» y «especuladores». En esencia, los inversores son aquellos que tienen un activo en cartera como si realmente quisieran ser sus propietarios; creen que las rentabilidades que recibirán en forma de dividendos o cupones, y del crecimiento de los beneficios de una compañía o la rentabilidad del capital principal de un bono, son atractivas por sí mismas.

Los especuladores, en cambio, son aquellos que adquieren un activo principalmente con la intención de vendérselo a un tercero.

En la mayoría de los mercados financieros, o bien no se distingue entre ambos conceptos, o la «especulación» se trata como una palabrota. Se considera que los especuladores son jugadores que participan en el «juego del más tonto» o en el «concurso de belleza» de Keynes y que, si ganan, posiblemente es que han tenido suerte.

La realidad es que uno puede ganar dinero mediante la inversión y la especulación, o lo más probable, mediante una combinación de ambas. Sin embargo, un artículo publicado recientemente por Goldman Sachs, en el que se discute la mutabilidad de la liquidez del mercado, me ha hecho pensar en otra cita de Graham que nos revela sin rodeos lo especuladores que somos realmente:

«Hágase la siguiente pregunta: Si no hubiera mercado para estas acciones, ¿estaría dispuesto a invertir en esta compañía en estas condiciones?»

El artículo de Goldman se hace eco de argumentos que ya se han blandido en el pasado, respecto a que la regulación ha limitado la capacidad de los bancos de ofrecer una ejecución inmediata. Las operaciones que antes se podían llevar a cabo casi al instante porque los intermediarios asumían el riesgo mientras buscaban a la contraparte, ahora se ven retrasadas hasta que se encuentra al posible comprador o vendedor.

Steve Strongin, jefe del departamento de análisis global (GIR) de Goldman Sachs, expresó las preocupaciones manifestadas por otros:

«Desde el punto de vista de un inversor, esto muy incómodo, porque vivimos en un ciclo de noticias de 24 horas: la información fluye mucho más rápido, pero ahora, la capacidad para ejecutar operaciones es mucho más lenta.»

¿Qué habría pensado Graham de esto? A principio del decimosegundo capítulo de su libro El inversor inteligente da el siguiente consejo a los inversores:

“No se tomen muy en serio las cifras de beneficios de un solo año.”

La idea de que los inversores deben hacer caso omiso a las cifras de beneficio correspondientes a todo un ejercicio es una contradicción total de la idea de un ciclo de noticias de 24 horas. No cabe duda de que el mundo ha cambiado. Sin embargo, como inversores con un sesgo conductual y de valor, en el equipo Episode creemos que el ciclo de noticias de 24 horas no es «información» en absoluto, sino ruido. El hecho de que los inversores reciban datos sobre dividendos trimestralmente (en el mejor de los casos) pero datos sobre los precios cada segundo, es uno de los motivos por los que creemos que el miedo, la avaricia y la miopía se pueden colar en el juego.

Cuando aparece información genuina que perjudica los fundamentales de la compañía en la que invierte en un canal de noticias de 24 horas, es muy posible que ya sea demasiado tarde.

¿Significa esto que los especuladores a corto plazo se verán más perjudicados por esta dinámica? En un artículo publicado en Bond Vigilantes en 2012 Richard Woolnough señalaba que era posible que, en base a los desarrollos de ese momento, las «transacciones entre inversores finales genuinos» hubieran aumentado y que la actividad de muchos actores cortoplacistas se hubiera desplomado. ¿Pondrá esto también más difíciles las cosas a los insider traders, front runners y flash boys?

Eso queda por ver, pero hay preguntas más importantes que debemos hacernos como inversores a largo plazo.

En el artículo de Goldman, Steve Strongin también señala que aunque la regulación ha hecho que el sistema sea presumiblemente menos vulnerable a crisis bancarias sistémicas, la reducción resultante de la liquidez nos hace más vulnerables a fallas del mercado, es decir, que aumenta el peligro de desplomes bursátiles.

¿Hasta qué punto tienen tales desplomes de las cotizaciones un impacto fundamental en la economía real? ¿Acaso daña la caída del precio de la acción a la rentabilidad inherente de la empresa? ¿Afectaría un descalabro general del mercado a su crecimiento futuro?

Es discutible, pero es más probable que la volatilidad a corto plazo sin un origen en fundamentales (como los «flash crashes» que se han experimentado en los últimos años) represente más oportunidades que fuentes de preocupación para los inversores a largo plazo. Sigue habiendo una cantidad suficiente de este tipo de inversores dispuestos a intervenir cuando los movimientos de las cotizaciones no están justificados.

La otra pregunta que se nos plantea es de carácter más práctico: «¿Y si necesito el dinero ahora mismo? ¿Puedo recuperarlo en caso de emergencia, especialmente si todo el mundo huye en desbandada?». Lo sucedido en 2008 demostró que este siempre ha sido un posible problema. Lo inesperado siempre puede ocurrir, con lo que las carteras siempre deben contener suficientes activos genuinamente líquidos (es decir, efectivo) para afrontarlo. No obstante, si usted «necesita» dinero a la vez que todo el mundo, quizá valga la pena que se vuelva a preguntar si está invirtiendo, o especulando.


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.