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¿Un mundo de rentabilidades bajas?

«¿Cómo se posicionan los inversores en un entorno de baja rentabilidad?» Últimamente, este parece ser el título de toda presentación de producto, folleto publicitario o conferencia para inversores. La mentalidad imperante hoy en día es que nos hallamos en un mundo de estancamiento secular.

Esto resulta interesante, porque la realidad de los tres años transcurridos hasta fin de diciembre de 2015 ha sido que los principales mercados de renta variable –representados por los índices S&P 500, Topix, DAX y MSCI World– han registrado rentabilidades nominales totales superiores al 10% anual.

En las grandes bolsas regionales, las rentabilidades reales totales han superado con creces las rentabilidades anualizadas medias registradas desde 1966 (según el 2016 Credit Suisse Global Investment Returns Yearbook, la biblia del inversor a largo plazo).

Es cierto que ha habido focos de debilidad, como por ejemplo Canadá y otros mercados que se han visto atrapados en la espectacular caída de los precios del petróleo de los últimos dos años, y también podría argumentarse que el punto de partida para los mercados europeos es favorecedor, al venir «tras la era Draghi». No obstante, incluso con un horizonte temporal de cinco años hasta fin de 2015, el MSCI World ha registrado una rentabilidad real del 6% anual en dólares.

Por lo que respecta a la deuda soberana, las rentabilidades totales de la mayoría de los bonos de este segmento en los últimos tres años han superado con creces las TIR a las que cotizaban al comienzo del periodo.

Si hubiera estado usted dispuesto a prestar dinero a Japón a 30 años a un interés del 1,4% hace seis meses, ahora sería usted un 30% más rico.

Así que, cuando hablamos de un mundo de baja rentabilidad, nos referimos a las tasas de liquidez, o bien al mundo en el que estamos a punto de entrar.

El argumento de que nos hallamos a las puertas de un mundo de baja rentabilidad es razonable en ciertos sentidos. Cuando las rentabilidades (TIR) de la deuda caen, la probabilidad de que vuelvan a generar el mismo nivel de rentabilidad también disminuye (aunque los tipos negativos han puesto en duda lo seguros que podemos estar de esto).

Sin embargo, también revela en cierta medida cómo los seres humanos percibimos la historia. A la mayoría de las personas, el presente siempre les parece caótico y lleno de angustias. En todas las épocas de la historia se ha tenido la sensación de que el mundo estaba empeorando.

El pasado, en cambio, parece ordenado. Los inversores jóvenes suelen decir: «En aquella época era fácil ganar dinero, bastaba con hacer x». Pocos creen que en los noventa o a principios del nuevo milenio, la situación podría parecer tan incierta y aterradora como en la actualidad.

Morgan Housel, siempre excelente, ha escrito este año sobre porqué uno suena más inteligente si es pesimista, mientras que el optimismo se considera ingenuo. El típico sabelotodo irritante tiende a interrumpir al ponente en una charla o conferencia buscando defectos a un argumento, no proporcionando pruebas que lo respalden. Y los autores satíricos rara vez se hacen famosos a través de la crítica constructiva.

El coste del pesimismo

No obstante, confiar sobremanera en nuestro pesimismo no está exento de peligros, y no solamente por las rentabilidades que haya podido perderse por escuchar a quienes hablaban de un mundo de baja rentabilidad hace tres, o incluso cinco años.

En la película «El mundo está loco, loco, loco, loco», la avaricia lleva a un grupo de extraños a poner en peligro tanto sus vidas como las de otros para encontrar un botín enterrado bajo «la gran W». Hoy en día estamos expuestos al riesgo de otra «W»: la que dibuja la volatilidad del mercado.

No hay nada malo con tener una expectativa bajista o creer que se avecina un mundo de baja rentabilidad, pero si permitimos que la evolución a corto plazo de las cotizaciones dicte la convicción que tenemos en nuestros puntos de vista, los riesgos son considerables. Por ejemplo, de haber sucumbido a la tentación de venderlo todo en los dos mínimos de la «W» en el gráfico de los últimos doce meses, solamente por el hecho de hallarnos «obviamente» en un mundo de baja rentabilidad, la decisión habría sido muy costosa.

No deseo pronosticar el rumbo de las rentabilidades, y me resulta difícil discrepar de los argumentos muy razonables a favor del estancamiento secular y de las rentabilidades de inversión decrecientes; sin embargo, es de crucial importancia no permitir que la evolución a corto de los precios dicte nuestra visión a largo plazo.

También vale la pena recordar lo que decía la gente a finales de los noventa: al igual que hoy en día resulta evidente que nos encontramos en un mundo de baja rentabilidad, entonces era obvio que las rentabilidades iban a ser espectaculares. Dentro de veinte años, los inversores jóvenes quizá echen la mirada atrás y deseen haber estado presentes en la década actual, cuando invertir era tan fácil.


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.