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Entender las consecuencias del brexit podría requerir más de dos años

 
 
Mientras que en las actas de la reunión de la Reserva Federal celebrada durante la pasada noche puede leerse que:

“La opinión generalizada de los participantes fue que lo más prudente sería esperar a conocer el resultado del próximo referéndum en el Reino Unido sobre la pertenencia a la Unión Europea para evaluar las consecuencias del voto de la nación sobre las condiciones de los mercados financieros mundiales y las perspectivas de la economía estadounidense”,

es posible que aún haya que esperar mucho más tiempo. Si bien ya conocemos el resultado de la votación, es altamente probable que desentrañar sus verdaderas implicaciones –y separarlas del ruido implícito de los mercados– sea un proceso evolutivo que se demore varios años. Desde el punto de vista político, la incertidumbre derivada del referéndum y la eventual invocación del artículo 50 en el Reino Unido son un solo una fracción del acontecimiento en su conjunto.

El Tratado de Lisboa contempla un “periodo de retirada” de dos años a lo largo del cual debe negociarse la salida del acuerdo. Sin embargo, la historia reciente sugiere que las negociaciones relativas al tratado de la UE han tendido a demorarse mucho más tiempo y, salvo una, todas las que han tenido lugar hasta el momento han tardado más de 24 meses en completarse. De hecho, incluso el proceso de ingreso del Reino Unido en la UE (la denominada “adhesión” de 1973) requirió más de dos años.

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Desde la perspectiva del comportamiento financiero, este puede ser un interesante ejemplo de la falacia de la planificación, y para los inversores sus implicaciones resultan algo más prácticas. Comprender las dinámicas de la economía es siempre una cuestión extremadamente difícil debido a la complejidad del sistema. En consecuencia, incluso con un conocimiento integral de cómo se desarrollarán las negociaciones, sería prácticamente imposible predecir la forma en que se verán afectados los fundamentos económicos y cuál será la respuesta de los precios de los activos.

Durante la pasada semana, nuestra compañera Jenny habló de la incertidumbre inusual existente en torno al voto a favor y en contra del brexit. En su artículo, señalaba que las previsiones son siempre inciertas, y que en la mayoría de casos no llegamos a abordar el verdadero abanico de posibles resultados en su totalidad. El brexit fue siempre una posibilidad, y lo mismo sucede hoy con toda la cohorte de posibles escenarios que no estamos considerando la actualidad. Nuestra condición humana nos lleva a dar por hecho que sabemos de forma aproximada lo que va a depararnos el futuro debido a que nos resulta demasiado incómodo aceptar que existe un gran número de factores que escapan a nuestro control. Así, nos valemos de todos los análisis y datos que tenemos a nuestro alcance para sentirnos más reconfortados y, de esta forma, más sobreconfiados.

El deseo de la Fed de obtener más información ilustra a la perfección la situación anterior, pero lo cierto es que nunca contaremos con suficiente información. En el caso la inversión, la clave del éxito reside en aceptar que nunca será posible eliminar el riesgo en su totalidad, y aceptar y gestionar la incertidumbre puede exigir buscar activos que la compensen e incluir coberturas y refugios en las carteras para amortiguarla.

Los inversores en oro y plata han obtenido espectaculares rentabilidades en lo que va de año, y lo mismo ha sucedido a aquellos con asignaciones a deuda estatal de primer nivel. Como seres humanos, resulta tentador pensar que estos resultados eran obvios desde el principio y, de este modo, tener más certezas que antes sobre las características que estos activos presentarán en el futuro.

Sin embargo, al hacerlo caeríamos víctimas de la misma sobreconfianza y de una certidumbre improcedente que puede resultar peligrosa. Con ello me refiero a que los refugios no son siempre seguros y a que las coberturas no siempre son capaces de compensar las consecuencias del siguiente “cisne negro” que nos espera a la vuelta de la esquina. Esto puede apreciarse en la cambiante evolución del oro y la plata desde 2007, y es que mientras que estos activos no resultaron de gran ayuda en 2008, sí que proporcionaron cierta seguridad durante la crisis del euro en 2012 para, posteriormente, contribuir escasamente a los rendimientos hasta la fecha.

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Por otra parte, aunque los bonos del Tesoro han seguido una trayectoria mucho más satisfactoria, la confianza ha oscilado significativamente a lo largo de este periodo. De hecho, a finales de 2013 –cuando los inversores se preocupaban por la burbuja de la renta fija y la “gran rotación” hacia la renta variable– los bonos del Tesoro a 10 años disfrutaban de mucho menos reconocimiento como activos seguros pese a que la compensación del riesgo que ofrecían era del doble que en la actualidad.

Por tanto, aunque la incertidumbres en relación con el brexit sea grande, es preciso tener en cuenta que estos riesgos siempre seguirán estando presentes. En la misma línea, vemos que mientras que China era el gran problema hace un año, en enero y febrero la recesión estadounidense pasó a copar los titulares de todos los periódicos. Cualquiera de estos dos acontecimientos podría tener un impacto de un alcance mucho mayor que el brexit, y lo mismo puede decirse de otros de los que ni siquiera somos conscientes a día de hoy. Por tanto, considerar que en algún punto llegaremos a contar con suficiente información para mitigar la incertidumbre puede dejarnos esperando mucho, mucho tiempo.


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.