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¿Un momento clave? Una evaluación del perfil emocional de los inversores

Los mercados financieros han comenzado 2016 de forma turbulenta. Las primeras semanas del año fueron escenario de fuertes caídas de muchas acciones y bonos corporativos, al aumentar la preocupación en torno a la trascendencia y las implicaciones del descenso de los precios de las materias primas, sobre todo para el sector financiero y el conjunto de la economía.

La situación refrescó los recuerdos traumáticos de 2008, y en combinación con la adopción de tipos de interés negativos por parte de varios bancos centrales, esta dinámica fue muy favorable para la deuda soberana, el «activo refugio» por excelencia desde hace ya varios años. Las rentabilidades (TIR) de este segmento experimentaron un marcado descenso en las principales economías desarrolladas, y en muchos casos registraron nuevos mínimos históricos.

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Desde mediados de febrero se produjo un repunte tan dramático como sorprendente de los precios de los activos «de mayor riesgo», liderados por el petróleo y los recursos. Este cambio de tendencia se vio acompañado de un repunte de las divisas emergentes, y seguido de un periodo de calma relativa que el gobernador del Banco de Reserva de Australia (RBA) calificó de «un tanto sobrecogedora».

Esta calma pareció frágil, ya que periodos de turbulencia como los experimentados a comienzos de año pueden tener un efecto inquietante y persistente sobre la psicología del mercado. Muchos de los problemas que preocupaban a los inversores a principios de año han quedado sin solución, a lo cual se suma un sentimiento creciente de que hemos llegado a una encrucijada ideológica a nivel de políticas en varias economías clave.

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La incertidumbre sobre qué camino va a seguirse y sobre la eventual divergencia en las políticas de las distintas economías afecta negativamente a la confianza del mercado. Esto ha jugado un papel en la mayoría de las últimas fases de volatilidad y nerviosismo, y es probable que vuelva a hacerlo en adelante.

En el equipo Episode, nuestra tesis es que esta dinámica emocional a la hora de invertir es la causa de muchos de los fuertes bandazos vistos en los mercados, y que los cambios en la actitud de los inversores frente al riesgo pueden llevar a las valoraciones hasta niveles extremos.

Si resulta que estamos en lo cierto, ¿cómo evaluaríamos el perfil emocional de los inversores hoy en día? ¿Y qué señales utilizaríamos para ello?

Hace unos meses escribí sobre las señales de valoración convencionales, que presentan niveles poco usuales y bastante extremos en términos históricos y respecto a lo que cabría esperar. Esto sugiere que en la comunidad inversora predomina un profundo escepticismo y pesimismo sobre la sostenibilidad del crecimiento económico. Además, los inversores continúan pecando de miopía al intentar evitar pérdidas a corto plazo con una intensidad que no existía en décadas previas.

Esta dinámica se ha intensificado en los últimos doce meses, en los que se ha renunciado a la idea de que las economías no tardarán en «salir de la zona de peligro» y en volver a la «normalidad». Desde 2009, las previsiones de los inversores se basaban en esta asunción subconsciente de que las cosas volverían «a ser como antes». Un aspecto importante es que la «normalidad» se refería al tipo de condiciones y a la «sensación» predominantes con anterioridad a 2008. Esta idea persistió pese a la decepción continuada en ciertas economías, pues los mercados asumieron que solamente se había aplazado lo inevitable y que el proceso de recuperación sencillamente estaba durando más de lo habitual.

A comienzos de 2015, sin embargo, esta certidumbre de que se acabaría volviendo a la «normalidad» había cambiado. El debate en torno a un estancamiento secular, a los límites de la efectividad de la política monetaria y a la carga de deuda a nivel global refleja una erosión gradual –y en algunos casos muy pronunciada– de la confianza en un retorno a mayores niveles de crecimiento económico.

Para muchos, dicha «normalidad» pasó a significar una continuación de las recientes tendencias y coyuntura de debilidad económica. Se sospecha que la situación actual podría ser «lo máximo a lo que podemos aspirar», a no ser que se produzcan cambios de política más profundos a nivel macro y microeconómico.

Este deterioro y erosión de la confianza en el crecimiento económico mundial son patentes en los pronósticos de consenso. En los últimos doce meses, las expectativas de crecimiento en el medio plazo han experimentado un marcado descenso.

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Este también ha sido el caso de las previsiones a largo plazo. Las expectativas de PIB nominal han sufrido una caída significativa, y esto es relevante para los beneficios, los tipos de interés y la preocupación en torno a los niveles de endeudamiento.

¿Cómo incide todo esto en la evaluación del panorama de inversión y de rentabilidad en adelante?

Nuestra evaluación es que hemos llegado a un momento clave y potencialmente crucial, en el que se necesita un cambio sustancial en el pensamiento y el comportamiento de los inversores. La realidad es que, con las valoraciones en sus niveles actuales, una continuación de las actitudes y comportamientos existentes conducirá muy probablemente a decepciones, y posiblemente a rentabilidades de inversión nominales y reales muy negativas.

A los precios actuales, las estrategias que han tenido éxito en la última década pasarán apuros. Como siempre, conclusiones como estas –basadas en las señales de valoración actuales– no nos dicen mucho sobre el futuro inmediato: cabe la posibilidad de que el comportamiento actual persista o que incluso se intensifique, y que las valoraciones suban todavía más. En el pasado hemos visto episodios similares, en los que las valoraciones alcanzan niveles extremos y los inversores ignoran toda racionalidad a la hora de asignar precios a los activos de riesgo. En última instancia, no obstante, la gravedad siempre acaba imponiéndose y los resultados pueden ser desastrosos. Creemos que el momento está cerca.


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.