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¿Acaso «es cuestión de tiempo una recesión en Estados Unidos?

Últimamente se oye muy a menudo que la situación actual de la economía estadounidense es «de fin de ciclo».

La terminología utilizada es interesante. ¿Existen señales que indiquen que Estados Unidos se halla a las puertas de una recesión? ¿Significa simplemente que <<es cuestión de tiempo>> que haya unarecesión « »?

¿O acaso nos hallamos frente a un ejemplo del tipo de término que se utiliza  sin pensar en los comentarios financieros y que, pese de parecer inofensivo, está cargado de connotaciones?

Consideremos las posibilidades.

Para empezar, las expansiones económicas no tienen una duración determinada y predecible, basta con observar la variabilidad del crecimiento a lo largo del tiempo y entre los distintos países. La economía estadounidense fue objeto de frecuentes y pronunciadas oscilaciones del crecimiento del PIB en las décadas posteriores a la 2ª Guerra Mundial, cuando la estructura de la economía era muy distinta. En comparación, la expansión media desde 1982 (excluyendo la actual) duró casi el doble. ¿Había mucha gente pronosticando esto en 1982?

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A nivel mundial, Australia nos aporta un ejemplo de expansión económica continua que se ha prolongado durante 24 años, pese a los varios ciclos de auge y caída de los precios de las materias primas y la crisis financiera global de 2008.

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Por su parte, el Reino Unido y la eurozona lograron casi quince años consecutivos de crecimiento interanual del PIB hasta 2008.

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Dado que el calendario no es un predictor fiable, necesitamos plantearnos lo que causa las recesiones para evaluar la probabilidad de que ocurran. Y para que nuestras conclusiones sean útiles, la teoría debe ir más allá de los shocks.

Lo más plausible es que las recesiones sean provocadas por cambios  periódicos y colectivos de las expectativas, cuyo resultado es un deseo de reducir el gasto: De repente, los planes de gasto de capital que una vez parecieron buena idea se desechan; las personas cautas se aprietan el cinturón, o peor pierden sus ingresos por completo. El endurecimiento de las condiciones de crédito –propiciado por la actuación del banco central o por la aversión al riesgo de las entidades– puede ser un catalizador, o al menos exacerbar el bajón económico.

Esta cadena de acontecimientos puede venir precedida de un periodo de optimismo y euforia. El miedo a perderse la subida que había justificado planes de inversión ambiciosos cede el paso a otro tipo de miedo: el de no lograr mantenerse a flote o pagar las facturas. La asignación errónea del capital en el <<boom-bust>> es la perspectiva clásica de la escuela austriaca de ciclo económico.

Los «animal spirits »

Visto desde esta perspectiva, el riesgo de una recesión de laeconomía estadounidense no parece más elevado de lo normal, pese a los siete años de recuperación y crecimiento. Los componentes más cíclicos del gasto –inversión, vivienda y bienes duraderos– siguen siendo bajos en términos históricos frente al PIB. Y efectivamente, lo que se ha temido ha sido un estancamiento secular o una falta de gasto en inversión.

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Pese a la retórica que ha rodeado a las elecciones presidenciales, hacía tiempo que los hogares estadounidenses –en su conjunto– no presentaban tan buena salud. Las rentas están creciendo con mayor rapidez, incluidas las más bajas. La tasa de ahorro está en línea con su media desde 1990, y supera los niveles reinantes desde 1998 hasta 2008.

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Los niveles de endeudamiento de los hogares en relación a la renta se han reducido en gran medida, al igual que los costes de servicio de la deuda. La menor disponibilidad de crédito a partir de 2008 tiene un lado positivo.

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La única fuente de auge inversor y optimismo sin límites –la producción de petróleo de esquisto– ya se ha desplomado.

Es correcto reconocer dónde han aumentado los riesgos, y el aumento del apalancamiento corporativo quizá sea el más importante. No obstante, tal como han lamentado muchos comentaristas, el crecimiento de la deuda se ha empleado por lo general para realizar adquisiciones y recompras de acciones propias, pero sobre todo, no para un gasto de inversión excesivo. Un aspecto crucial es que el apalancamiento en el sector financiero ha caído –no así en el sector corporativo en general– y que los bancos estadounidenses están mucho mejor capitalizados hoy en día.

Otras fuentes de preocupación son el deterioro de los márgenes de beneficio, el ensanchamiento de los diferenciales de la deuda corporativa y el endurecimiento de las condiciones de crédito. El descenso de los precios del petróleo y la fortaleza del dólar han tenido un impacto significativo en los márgenes de beneficio agregados, pero deberíamos reconocer que el desplome del crudo es un shock descorrelacionador: el petróleo es un insumo para la mayoría de las compañías. El dólar podría apreciarse más si cabe, pero ya ha experimentado un movimiento considerable. Por lo que respecta a las condiciones de crédito, la encuesta realizada recientemente por la Reserva Federal no ha apuntado a un endurecimiento generalizado de los criterios de préstamo. Fuera de los sectores de materias primas, las tasas de incumplimiento permanecen bajas.

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La debilidad económica exterior ha hecho mella en el crecimiento estadounidense. De nuevo, esto podría persistir, o incluso empeorar. Pero hace poco, los economistas han revisado sus pronósticos para Europa y China al alza, no a la baja.

Conmociones, errores de política… y Trump

El crecimiento estadounidense ha sido notablemente consistente, en torno a un 2% anual desde la crisis financiera. Sospechamos que, si tuvieran que apostar sobre si dicha tasa de crecimiento subirá o bajará en los próximos años, la mayoría de los participantes del mercado considerarían la segunda opción como más probable.

Como quizá se desprenda de lo anterior, dudamos que una desaceleración sea más probable que una aceleración del crecimiento o una continuación de la tendencia reciente. Por consiguiente, la descripción «de fin de ciclo» nos parece poco válida, y posiblemente engañosa.

Por supuesto, no hemos profundizado en los shocks o en los errores de los bancos centrales. Tales conmociones son inevitables, y también impredecibles.

El presidente Trump es un shock político, y el tiempo dirá si su victoria electoral conlleva un shock macroeconómico. El temor general era que Trump sería negativo para el crecimiento, pero ahora, el mercado parece pensar que quizá logre desencadenar inicialmente un auge económico. Por lo que respecta a la política monetaria, todo apunta a que la Fed estaría satisfecha con un aumento del crecimiento nominal, al menos de momento. De este modo, no está claro si la próxima sorpresa significativa en este ámbito significará un crecimiento más alto o más bajo.

En cualquier caso, podemos estar seguros de que tendrá lugar una recesión en el futuro, pero somos reacios a aceptar que la situación actual de la economía estadounidense pueda describirse como «de fin de ciclo».


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.