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La política fiscal no es una panacea: edición sobre la Declaración de Otoño del Reino Unido

La idea de que gestionar una economía es fácil no puede reprochársele a nadie. Al fin y al cabo, muchos comentaristas de mercado suelen sugerir que lo que debe y no debe hacerse es totalmente obvio.

Resulta tentador pensar que nosotros podríamos hacerlo mejor, del mismo modo en que los aficionados al fútbol riñen al entrenador y a los jugadores de su equipo desde la grada. En retrospectiva , nos parece evidente que medidas como la expansión cuantitativa (QE), los tipos de interés bajos y la austeridad iban a fracasar. Y hoy en día, puede parecer igualmente obvio que el estímulo y la política fiscal dirigidos a impulsar la productividad son lo que hace falta.

Así, ¿cómo deberían responder los inversores cuando las autoridades parecen estar haciendo lo que consideramos correcto? Incluso la mera mención de estímulo fiscal por parte de Donald Trump parece haber jugado cierto papel en la evolución de los precios de los activos desde que se anunciara el resultado de las elecciones estadounidenses.

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En el Reino Unido, el nuevo Ministro de Hacienda Philip Hammond presentó hoy su primer informe económico: el llamado Autumn Statement, o Declaración de Otoño. Y como era de esperar, la productividad y la política fiscal han figurado en él como temas destacados.

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El Ministro ha puesto énfasis en el historial de productividad británico, que como en gran parte del mundo desarrollado, se ha caracterizado por un descenso estructural a largo plazo del ritmo de crecimiento.

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En particular, Hammond habló de la «brecha de productividad» entre el Reino Unido y otras naciones, que describió del siguiente modo:

«Un trabajador británico tarda cinco días en producir lo que su homólogo alemán produce en cuatro».

Evidentemente, este análisis es excesivamente simplista. El Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido (IFS) escribió sobre la aparente brecha de productividad en 1998 y explicó cómo las medidas pueden confundirse debido a varias fuerzas. Hoy en día, el debate global en torno a la productividad es todavía más intenso. En pocas palabras, los economistas y los artífices de la política deben tener mucho cuidado a la hora de interpretar y comparar las cifras de productividad entre países y a lo largo del tiempo.

Esto incide enormemente en la respuesta adecuada de las autoridades. En 2010, un informe de McKinsey consideraba que «no sorprende que las …evaluaciones… de tipo top-down hayan resultado ser no concluyentes, y que la intervención gubernamental en los mercados haya tendido a tener resultados inciertos». En lugar de ello, es crucial reconocer que cada política tiene niveles de efectividad diferentes en sectores distintos.

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Un estudio del FMI sobre política fiscal llegó a conclusiones similares. Los «cómos» (y los «cuándos») de la política son importantes, y el tiempo que tardan en tener un efecto significativo en la economía es considerable.

Esto puede parecer obvio, pero muy pocos debates parecen reconocer estas complejidades. Mucha gente continúa pensando en términos de «soluciones universales», válidas para todos los casos, permitiendo a menudo que sus propias ideologías primen sobre el pragmatismo y la atención al detalle. Los inversores deberían tener sumo cuidado a la hora de operar en base a la retórica de las autoridades, y sopesar bien sus decisiones de inversión ante los anuncios de política.


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.