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Los argumentos a favor de una nueva economía

A comienzos de año, Matthew Klein, de FT Alphaville, expuso con su ingenio habitual una tesis bien razonada a favor de abandonar uno de los pilares del actual marco de política macroeconómica: la TPNAI.

Este acrónimo tan poco elegante (de «tasa de paro no aceleradora de la inflación», o NAIRU en terminología anglosajona) se refiere a la tasa de desempleo consistente con una inflación estable, y es uno de un conjunto de conceptos similares utilizados habitualmente en política macroeconómica. La «brecha de producción», que intenta medir la capacidad ociosa en una economía, trata de jugar un papel similar a nivel de la economía agregada. Si dicha diferencia es cero, cabe esperar que la inflación se mantendrá estable; si existe una falta de capacidad, la inflación subirá.

La actual visión prudente y pragmática de consenso es que se trata de conceptos de utilidad, herramientas pedagógicas muy útiles, y un modo razonable de crear un marco para la política. Sin embargo, existe disonancia por el hecho de que la brecha de producción y el NAIRU son extremadamente difíciles de medir, quizá demasiado como para ser de utilidad alguna. Esta postura puede ser aceptada por quienes todavía creen en ambos conceptos.

En su respuesta a Klein, Simon Wren-Lewis  ejemplifica quizá esta perspectiva: cree en la existencia de un NAIRU y de una brecha de  producción, extremadamente difíciles de medir, pero considera que el marco es bastante exacto y puede ser útil. En su opinión, existen formas inteligentes de lidiar con el problema de su medición. Por ejemplo, sugiere –de forma bastante razonable– que el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de la Reserva Federal estadounidense debería esperar a que la inflación esté aumentando –y que el  NAIRU se haya rebasado de forma demostrable– antes de endurecer de forma significativa su política monetaria. Jo Michel también esboza una perspectiva más matizada y crítica, con un vínculo útil para interactuar con Klein sobre puntos de acuerdo y discrepancia.

Yo me he adherido a este marco general de pensamiento macroeconómico desde mis primeras clases de economía en la universidad. Una de mis primeras influencias económicas personales fue el profesor Ken Mayhew  en Oxford, uno de los principales economistas laborales del Reino Unido, y coautor habitual de Richard Layard y Steven Nickell, que introdujeron por primera vez el concepto de NAIRU en 1986.

El objetivo de la gestión de la demanda –ya sea por medios fiscales o monetarios– es lograr un nivel de gasto agregado consistente con una economía que utiliza plenamente sus recursos. Una brecha de producción cero equivale a tal situación. Los conceptos de desempleo consistente con una inflación estable son algo más sutiles, porque se concentran en las características institucionales del mercado laboral. Reducir el paro no es cuestión solamente de demanda agregada; las mejoras de eficiencia del mercado laboral –por la vía de rebajar los costes de búsqueda o bien mejorar el emparejamiento de capacidades y necesidades– pueden reducir la tasa de paro sin contrapartidas negativas, como por ejemplo una mayor inflación.

Como gran parte de la macroeconomía moderna, todo este entramado tiene su origen en los problemas de estanflación de los años setenta, y en el marco de la curva de Phillips  de la década de los sesenta, a los que Wren-Lewis se refiere y yo he discutido en el pasado.

Este es también su punto débil. Voy a sugerir una descripción estructural completamente distinta sobre cómo funciona la economía actualmente, que contrasta marcadamente con la estructura imperante en los años setenta y comienzos de los ochenta. En el mundo que describiré, el NAIRU no es útil; de hecho, es extremadamente engañoso. No porque no pueda ser medido, sino porque no existe. En mi opinión, esta es una postura mucho más sólida que las manifestadas por los críticos más vociferantes fuera de la escuela austriaca. E iré más lejos si cabe: pienso que cualquier política basada en el NAIRU será contraproducente.

Vamos allá: asumamos que los mercados de productos son muy competitivos, en el sentido paradigmático de que las compañías son tomadoras de precios. Y asumamos que lo mismo es válido para los mercados laborales. Quiero dejar claro que no asumo que los precios y los salarios sean simétricamente «flexibles», ese modelo es empíricamente erróneo; solamente sostengo que las compañías y las personas carecen de poder de mercado, y específicamente, de poder de determinar sus precios y sus salarios. Esta posición no es extrema, teniendo en cuenta que obviamente habrá «negociaciones» incluso en relaciones laborales no sindicadas, en las que los costes de nueva formación, etc. se verán reflejados en un «trato» entre trabajador y empleador. Pero esto no es a lo que voy: sencillamente asumo que el proceso general de determinación salarial está determinado por la demanda y la oferta para el conjunto de aptitudes en cuestión.

Así, ¿cómo encajan las expectativas en esta visión de la economía? También asumo que la definición de estabilidad de precios de Greenspan sigue siendo válida. En otras palabras: la inflación es lo suficientemente baja –y lo ha sido durante suficiente tiempo– como para que la gente (los «agentes económicos») no le presten realmente atención. Dicho de forma más precisa, asumo un mundo en el que casi toda la información se ve reflejada en la varianza de precios relativos, no agregados: cuando los salarios para una competencia específica fluctúan, o los precios de los bienes y servicios oscilan, los participantes no asumen nada sobre la inflación agregada, sino que sacan una conclusión de la señal de precio sobre sus circunstancias específicas. La varianza de precios y de salarios tiene información de precios relativos, y no existen «expectativas de inflación» agregadas relevantes. Si le preguntamos a la gente «¿Qué nivel cree que alcanzará la inflación?», su respuesta será, «ni lo sé, ni me importa».

En la economía que describo, las personas no tienen «expectativas de inflación» (ni están representadas por entidades como sindicatos, que tienen tales expectativas), pero sí saben cuándo la demanda de sus capacidades (o de sus productos) es alta o baja.

También quiero dejar absolutamente claro que no es un mundo sin recesiones, o descalabros y escasez de demanda: tales escenarios son sin duda posibles. No tengo problema alguno con la idea de que las compañías y los trabajadores pueden ser tomadores de precios y de que puede haber recesiones brutales. Aceptar que los mercados laboral y de productos son competitivos no asume en absoluto que siempre sean «claros». Rigideces, problemas de balance, mala coordinación, errores, espíritus animales, condiciones de crédito… Ninguna de estas fuentes potenciales de recesión o de depresión han desaparecido: están presentes en mi modelo.

Y bien, ¿cómo encaja la NAIRU en el mundo que estoy describiendo? No lo hace. Lo que ocurre en la economía que describo cuando el desempleo cae hasta niveles extremadamente bajos es relativamente impredecible, pero no es particularmente dañino ni requiere una respuesta de las autoridades. Estoy satisfecho dejando que el sistema lo corrija él mismo. La escasez de mano de obra puede tardar tiempo en abordarse; podría haber necesidad de más formación, de más inmigración, o de que las compañías sustituyan capital por trabajo. No me importa: el sistema de mercado puede corregirlo, y unos oficiales gubernamentales perspicaces pueden facilitárselo mediante micropolíticas. Podría ser que los márgenes de beneficio se vean presionados, y tener lugar un largo proceso de menor rentabilidad del capital, menores niveles de inversión, y en última instancia menos demanda de mano de obra.

Este también es un mundo en que la varianza de ciertos precios de mercado –con las materias primas como ejemplo destacado– y los ciclos de crédito sectoriales son la principal fuente de varianza cíclica moderada. Esto es algo que Frances Coppola ha sugerido astutamente. Creo que es muy plausible que los shocks idiosincráticos en sectores específicos –como por ejemplo automoción, ciertas áreas de la vivienda y las materias primas– hayan sido mucho más relevantes desde la crisis financiera para la economía estadounidense que la política monetaria. Y esto es lo que predomina.

Estoy describiendo un mundo donde la política monetaria –y específicamente el nivel de los tipos de interés a un día– no es muy significativa. Otras señales de precios relativos, shocks sectoriales y ciclos crediticios se corrigen por sí solos. Las condiciones de crédito dependen mucho más del comportamiento del sistema financiero y de la demanda de crédito por parte del sector privado. Como decía, los tipos de interés a un día son relativamente secundarios. Las fluctuaciones de la prima de riesgo y el trasfondo regulatorio también ejercen una gran influencia en los precios del crédito y de los activos financieros en general.

De nuevo, es importante destacar que no se trata de una visión inocente y panglosiana de un mundo en equilibrio. Es sin duda un mundo en que ocurren shocks suficientemente grandes, correlacionadores, agregados, como por ejemplo la crisis financiera y la austeridad en la eurozona. Hace tiempo que abogo por la necesidad de políticas de contingencia contracíclicas profundas y efectivas.

Estas son las líneas a lo largo de las cuales necesitamos replantearnos nuestra estructura económica: la propia teoría macroeconómica puede ser dependiente de la estructura y el régimen reinantes. El marco de los años setenta –de expectativas racionales, de NAIRU, y en última instancia de bancos centrales que gestionan la demanda por la vía de los tipos de interés– es un régimen aún relevante en algunas partes del mundo (quizá en economías como Sudáfrica, Brasil y Turquía, que parten de estructuras de tipos de interés reales más elevados), pero que ha dejado de serlo en el mundo desarrollado.

Soy consciente de estar enfatizando excesivamente mi tesis. Existe una varianza institucional considerable en los países desarrollados, pero estoy cada vez más convencido de que el modelo estándar de expectativas de inflación/brecha de producción/NAIRU tiene defectos profundos. Estos conceptos son recursos pedagógicos útiles, pero dada la actual microestructura del mundo desarrollado, podrían ser significativamente redundantes, o peor aún, un obstáculo para el diseño de políticas eficaces.

Los bancos centrales podrían tener que aceptar que los cambios en los tipos de interés a un día no son realmente importantes. De no producirse grandes shocks de demanda, hay muy poco que puedan hacer, y cuando su actuación esté justificada, necesitarán nuevas herramientas. Periódicamente surge una necesidad desesperada de estímulo agresivo, como actualmente en la eurozona. En lo que Simon Wren-Lewis y yo estamos totalmente de acuerdo es en que necesitamos bancos centrales independientes con herramientas contracíclicas adecuadas. Lo que me preocupa es que podría ser necesario un replanteamiento integral del marco conceptual para que lleguen a ese punto.


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