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Renta y robots: las consecuencias económicas del exceso de diversión

Los recientes cambios de rumbo de la ideología política en todo el mundo han sido combatidos en un contexto de aumento de las tensiones sobre los niveles salariales y el miedo a la inseguridad laboral a raíz de la globalización y, en los últimos años, también de los avances tecnológicos. Estos aspectos centran gran parte del debate político en el Reino Unido, donde la desigualdad preocupa casi tanto como las negociaciones del Brexit.

Sin embargo, muchos de estos debates se centran simplemente en cifras y cambios relativos (véase el Gráfico 1 sobre la experiencia en el Reino Unido durante los últimos diez años), y no tanto en cuestionarse la naturaleza del empleo y el modo en que se determinan los salarios. La forma en que se planteen estos aspectos puede tener importantes repercusiones en el enfoque que economistas e inversores dan a la política y a la interpretación de los datos macroeconómicos.

Trabajo, ocio y empleo

¿Qué diferencia al trabajo del ocio? Una distinción entre actividades pagadas y no pagadas se queda corta. Sería mejor distinguir entre actividades que queremos hacer y actividades que no disfrutamos. Aunque también sería inadecuada. El cuidado de los niños puede ser algo que queremos hacer, un trabajo duro y también un empleo remunerado. Por lo visto, hasta es posible divertirse demasiado.

Muchas otras actividades compartirían la misma categoría que el cuidado de los niños. Clasificar una actividad determinada como trabajo u ocio no siempre funciona porque suele depender de quién se beneficia de ella (sus hijos o bien otra persona) y de las horas de trabajo que requiere. Si menoscabamos la utilidad marginal, convertimos muchas actividades placenteras en obligaciones.

Por lo tanto, el trabajo no es lo mismo que el empleo, que se define claramente como una actividad remunerada que suele conllevar compromisos contractuales. Normalmente el empleo formal (tener un trabajo) engloba un conjunto de actividades. Es posible que definir el ocio sea aún más difícil: si se trata únicamente de las actividades que realizamos de forma voluntaria y gratuita, abarca multitud de ocupaciones que podríamos considerar trabajo y que, si pudiéramos, no haríamos.

Los salarios no son un precio más

Esta sencilla observación tiene importantes implicaciones. Trata de los aspectos económicos del mercado laboral y del debate sobre los robots. Los aspectos microeconómicos básicos del mercado laboral son relativamente precisos, pero reflejan estas limitaciones analíticas. Dan por sentado que hay dos tipos de actividades: las que queremos hacer y las que no queremos hacer, y presupone que se pueden separar. Los salarios son el incentivo que se nos da para hacer lo que no queremos hacer.

Plantear la cuestión de esta manera, entraña enormes problemas, algunos de los cuales se han repetido hasta la saciedad. Muchos de los estudios relacionados con este asunto han intentado explicar por qué los salarios no son como los demás «precios» y, en concreto, la resistencia a las reducciones de los salarios nominales. Un ejemplo típico serían la teoría del salario de eficiencia, que reconoce que los niveles salariales pueden aumentar la motivación.[1]

El principal inconveniente del modelo microeconómico estándar es que la mayoría de las personas quiere trabajar. La motivación humana no es tan simple como decir «Quiero desempeñar esta actividad porque me pagan». El trabajo otorga estatus, aporta estabilidad y permite hacer planes, o no hacerlos. Muchos empleos combinan aspectos satisfactorios con tareas desagradables. La felicidad de las personas en su trabajo puede fluctuar por muchos motivos que no están relacionados con los salarios, y a menudo tienen que ver con los compañeros. Para las empresas, es posible que los salarios sean precios, pero, en un sentido fundamental, no es así para los receptores. La microeconomía también parte de la base de que las horas trabajadas se pueden sustituir por horas de ocio. Sin embargo, el empleo no funciona así. Está integrado en nuestras vidas, organizativa y administrativamente. Las personas hacen planes en función de sus salarios y adquieren responsabilidades. Las empresas ofrecen contratos fijos o flexibles, pero no suelen contratar por horas.

Estos son los motivos que ya me llevaron a escribir en el pasado acerca de las formas perversas que pueden adoptar las curvas de la oferta laboral y de cómo, en determinadas circunstancias, la reducción de los salarios nominales puede hacer aumentar la oferta de empleo. Keynes tenía toda la razón: la falta de flexibilidad de los salarios nominales no suele ser la causa del desempleo cíclico.

Las actividades no remuneradas que nadie disfruta, también se llevan a cabo. La economía estándar no ofrece ninguna explicación al respecto. Por descontado, si definimos «querer» según la preferencia revelada, «queremos» hacer todo lo que hacemos. Aunque esta afirmación es o bien una tautología o bien una imprecisión. Tenemos que hacer muchas cosas que no queremos hacer porque la vida está compuesta por multitud de tareas y no por «trabajo» y «ocio» como dos esferas independientes.

El papel de los «robots»

¿Cómo se abordan esas cuestiones en el debate sobre los robots? En realidad, utilizamos la palabra «robot» para referirnos al progreso tecnológico continuado. La cuestión sigue siendo que, en las economías avanzadas, el despliegue tecnológico es superior al de cualquier otro período histórico y, simultáneamente, el número de horas trabajadas (en empleo remunerado) también es el más alto de la historia. Lejos de existir una correlación entre el grado de avance tecnológico y el desempleo, parece que lo contrario es más preciso: las economías desarrolladas con velocidades de difusión altas tienen una tasa de desempleo muy baja. Es complicado medir esta relación, pero podemos basarnos en el siguiente gráfico de un documento de 2011 publicado por Georg Duernecker:

El gráfico de Duernecker debe utilizarse con cautela. Se basa en datos anteriores a la crisis y en muchas hipótesis estadísticas, mientras están en juego todos los problemas tanto de correlación/causalidad como de comparaciones entre países. Con todo, en un nivel más simple, la clasificación de países por tasa de desempleo nos puede ser de utilidad. Singapur es el país desarrollado con la tasa de paro más baja y la más alta la encontramos en España. En el mejor de los casos, una mayor difusión tecnológica reduce el desempleo y, en el peor, es irrelevante, mientras que otros factores, como la gestión de la demanda cíclica o la estructura del mercado laboral, desempeñan un papel dominante.

En consecuencia, debemos replantearnos el debate sobre los robots. Piense en todas las cosas que tiene que hacer, tanto remuneradas en el trabajo como gratuitas en la vida, que no tiene ganas de hacer. Asegurémonos de dar a los robots todas esas tareas.

Pero, ¿qué pasa si los robots empiezan a hacer las cosas que nos gusta hacer? De momento, la experiencia nos ha demostrado que nos encanta que sean nuestros compañeros de juegos. También están ampliando el alcance de nuestra vida social, aunque con resultados dispares. Puede que la inteligencia artificial sea la auténtica amenaza, si los ordenadores logran probar que nuestras convicciones más preciadas son disparates o si empiezan a pensar por nosotros. Una vez más, como diría Thomas Edison, la gente es capaz de recorrer largas distancias con tal de no pensar.

[1]El estudio empírico clásico sobre la complejidad del establecimiento de los salarios es «Why wages don’t fall in recessions» (¿Por qué los salarios no caen durante una recesión?) de Truman Bewley.


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