Ruido de Mercado

Cuidado con nuestra obsesión por los aniversarios

Al parecer, el mes pasado se cumplieron 20 años del inicio de la crisis asiática y cinco años desde el discurso aquel de «lo que sea necesario» de Mario Draghi. Y, según parece, esta semana se cumple el décimo aniversario de la crisis financiera.

Estos aniversarios funcionan estupendamente como «ganchos» de contenido en la prensa, blogs, apuntes de análisis y similares, especialmente en el tranquilo periodo estival.

Apelan a nuestra necesidad humana de poner el pasado en orden creando historias. El presente siempre parece caótico e incierto, pero nos reconforta que el pasado parezca ordenado. Al establecer cronologías de los acontecimientos que provocaron las crisis financieras, podemos generar una sensación de inevitabilidad. Señalar a aquellos que predijeron la crisis podemos nos hace sentirnos mejor al pensar que «si hubiese conocido a x o y», podría haberlas visto venir, y nos engañamos creyendo que la crisis era totalmente inevitable.

Sin embargo, esto puede ser peligroso. En realidad, solo en retrospectiva podemos decir que julio de 2007 supuso el inicio de la crisis. Los mercados —que, en función de a quién (y cuándo) preguntes, se caracterizan por ser mecanismos de procesamiento de información muy eficientes o casos perdidos de emociones humanos— no reaccionaron en serio hasta tiempo después.

Incluso en los mercados de crédito y de préstamo bancario, el alcance de los problemas tardó tiempo en manifestarse.

Cuando echamos la vista atrás, tendemos a pensar en una «reacción en cadena» de los acontecimientos; resulta tentador creer que, una vez pasado julio de 2007, las cosas no podrían haber sucedido de otra manera.

Sin embargo, cuando miramos al futuro, tenemos que pensar en probabilidades:

«Pueden pasar más cosas de las que van a pasar».

Elroy Dimson

Según la experiencia, las previsiones de una crisis inminente resultan se equivocan más veces que aciertan (o al menos tardan tanto en hacerse «realidad» que esperar resulta muy costoso). Aun cuando nos encontramos después del acontecimiento con un grupo de expertos que «anticiparon la crisis», ¿cómo sabemos nosotros, el resto de los mortales, en quién confiar la próxima vez?

Más allá de la filosofía

Puede parecer algo muy abstracto, pero es un factor fundamental para los inversores. Es peligroso creer que podríamos haber sabido lo que sucedería en el futuro, ya que nos empuja aún más hacia un exceso de confianza, lo cual podría decirse que es el mayor riesgo al que se enfrentan los inversores.

Examinar pormenorizadamente el pasado para extraer lecciones puede ser útil, pero también puede resultar perjudicial. La idea de que «si hubiera hecho un poco más de análisis, podría haber evitado la crisis» puede llevarnos a creer que el análisis que hemos hecho hoy es suficiente, especialmente si utilizamos un modelo del pasado para analizar el futuro. Esto, a su vez, no nos deja ver el verdadero abanico de resultados posibles que existen.

Es mucho más importante que los inversores sean humildes y reconozcan su propia ignorancia. Esto no significa que tengamos que equivocarnos sí o sí ante las crisis, sino que reconocemos siempre que esos acontecimientos forman parte de la distribución de probabilidad y buscamos la compensación que corresponde a ese riesgo.

Dicha compensación del riesgo es fundamental; aunque muy perjudiciales, las crisis financieras se produjeron a partir de un punto de partida relativamente atractivo de las valoraciones. Como señaló ayer Michael Santoli, de la CNBC, en estos diez años desde que comenzó la crisis, el índice S&P 500 ha generado una rentabilidad anualizada ligeramente inferior al 10%. Esto ni siquiera tienen en cuenta las oportunidades de inversión que a menudo se generan a raíz de una crisis.

En el gráfico de abajo se muestra que, aunque la crisis financiera se saldó con cinco años devastadores de espera para volver a recuperar el dinero, la comparación con la burbuja tecnológica resulta reveladora. En ese caso, no hubo compensación del riesgo y, por tanto, costó casi siete años para cubrir pérdidas; para entonces, incluso quienes habían invertido en el punto álgido previo a la crisis financiera de 2007 habían obtenido una rentabilidad anualizada del 4,8%.

La principal lección que podemos aprender del pasado es lo caótico que es y lo poco que podemos saber de verdad sobre lo que va a suceder. Nuestra tendencia a ordenar la historia hablando de aniversarios y cronologías tiende generalmente a tener el efecto contrario.


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.