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¡Menos mal que es el fin del «dinero fácil»!

¿Es verdad que «el dinero fácil ya se ha hecho»?

Una máxima que hemos escuchado habitualmente en los dos últimos años y parece que ahora parece más habitual si cabe.

Sin embargo, como apuntó Morgan Housel en 2015:

Un argumento similar figuraba en un artículo del año pasado (que ofrece también un buen resumen de algunos de los principales episodios del mercado de la última década), por lo que no voy a repetir lo que dice al respecto. Sin embargo, creo que vale la pena hacer algunas observaciones hoy.

¿Qué tenía de «fácil»?

«El dinero fácil ya se ha hecho» es uno de esos clichés repetidos hasta la saciedad, pero no suele analizarse más a fondo. Creemos que sabemos lo que quiere decir, pero la frase expresa varios argumentos diferentes y, a menudo, una mezcla de todos ellos.

¿Queremos decir que las rentabilidades generadas eran «fáciles» en el sentido de que eran «previsibles»? ¿O eran «fácil» en el sentido de que «no ponía a prueba las emociones»? ¿O queremos decir que era fácil porque clases de activos muy diversas se han comportado bien, por lo que realizar la selección no costó mucho trabajo? O, lo que es más habitual ahora, ¿asociamos «dinero fácil» a «política fácil» sin más?

Pensar en lo que queremos decir con «dinero fácil» puede revelarnos cosas sobre cómo funcionan nuestros sesgos, la confianza actual de los mercados y cómo debemos considerar el cálculo de las valoraciones.

Reinventando la historia: sesgo a posteriori

Puede que el cambio de cómo perciben el riesgo los inversores no se deba tanto a una mayor tranquilidad con respecto al futuro, sino que también implique reevaluar el pasado.

Como seres humanos que somos, tendemos a olvidar cómo nos sentíamos en el pasado. Una de las señales más conocidas de esto es el «sesgo a posteriori»: tendemos a interpretar el progreso de hechos pasados de forma más previsible a como en realidad fueron («Tenía la sensación de que iba a pasar»). Es un mecanismo de defensa del ego: el cerebro no quiere enfrentarnos a todas las veces en que nos equivocamos, por lo que nos protege de nuestros errores en la medida de lo posible.

Robert Shiller habló precisamente de esto ayer en Davos, al describir el golpe a la autoestima de aquellos que no participaron del repunte de las acciones (o del bitcoin):

Como ha habido excelentes rentabilidades de la inversión, echamos la vista atrás en busca de indicios que expliquen por qué ha sucedido. Al centrarnos en estos en lugar de otras señales, pensamos que el rally era más evidente de lo que parecía en realidad (como sucede a menudo, el tipo de frases que utilizamos en nuestra vida diaria suele revelar nuestros sesgos, pensemos en aquello de «todas las señales eran claras»).

El patrón de dependencia y la norma «pico-fin»

Un rasgo de comportamiento menos conocido es la «regla pico-fin». Los psicólogos señalan que la forma en que evaluamos el pasado (por ejemplo, una «buena» o «mala» experiencia) no se basa cómo nos sentimos durante todo ese tiempo, sino teniendo en cuenta ciertos momentos

Más concretamente, hay evidencias de que sobrevaloramos nuestra experiencia más reciente (el «fin») y los momentos más extremos (el «pico») y tendemos a prestar menos atención al tiempo que pasamos en una situación específica. En estudios, por ejemplo, los participantes tuvieron que someterse a dos situaciones:

  • pasar un minuto con su mano en agua insoportablemente fría, seguido de 30 segundos en agua un poco más tibia (aunque todavía fría);
  • o solo el minuto en agua fría.

Cuando se les preguntó qué experiencia preferirían repetir, la mayoría eligió la primera, aunque cabría pensar que, en general, era peor que la otra. Pero como recordaban el «fin» (ligeramente) más agradable de la primera situación, la evaluaron como más favorable que el dolor constante de la segunda. No se fijaron tanto en la cantidad de tiempo que duraba cada una de ellas.

(Puede que esto coincida menos con nuestra propia experiencia que el sesgo a posteriori, pero piensen en las veces en las que decimos frases como «no estuvo tan mal» o nuestra decisión de repetir una experiencia difícil tras habernos prometido a nosotros mismos aquello de «nunca jamás» la primera vez que lo hicimos).

Por tanto, el patrón de dependencia importa por cómo vemos el pasado. Piensen en las bolsas en los cinco últimos años:

Nuestra experiencia reciente ha sido muy buena. Nos hace sentir mejor sobre el pico de dolor de principios de 2016 y, desde luego, nos lleva a ignorar los casi dos años en los que apenas ganamos nada. Hoy lo vemos de forma diferente, debido al camino que seguimos.

Política fácil

Otro ejemplo del argumento del «dinero fácil» podría ser que: «entonces no podíamos prever que obtendríamos las rentabilidades que hemos logrado, pero si nos hubieran dicho antes cuáles serían los tipos oficiales y cuánta expansión cuantitativa habría, las consiguientes rentabilidades eran evidentes».

Puede que haya algo de cierto en esto, pero no tienen ninguna utilidad para los inversores. Los tipos oficiales desempeñan un papel fundamental al fijar las valoraciones de todos los activos, aunque no de forma lineal. Por ejemplo, no asociamos gran parte de la última década a un reajuste de los mercados de renta variable en consonancia con las caídas de los tipos de interés, sino justo lo contrario.

Las primas de riesgo también se movieron, porque el propio entorno que dio lugar a la política de apoyo fue en el que pasamos la mayor parte del tiempo temiendo un colapso sistémico o una recesión inminentes.

Tampoco podemos decir que un endurecimiento de la política supondrá una inversión simétrica de la tendencia del comportamiento de los precios de los precios de los activos mientras la política se relajaba. Como hemos visto durante el año pasado, la subida de los tipos oficiales puede atribuirse a un crecimiento sólido y a la evolución de los beneficios. También podría suceder que los tipos de interés no subieran. Esto supondría probablemente que las rentabilidades previstas a largo plazo sean más bajas de aquellas a las que nos hemos acostumbrado, como señaló recientemente Anti Ilmanen.

Conclusión

La «época del dinero fácil» fue en realidad un periodo de mucho miedo e inquietud. Justamente por eso los activos remuneraban el riesgo lo que permitió que se generasen sólidas rentabilidades.

Es verdad es que la caída de los tipos de interés reales en todo el mundo fue crucial para ello (aunque quizá resulte extraño considerarla una época de «dinero fácil» cuando los tipos monetarios son negativos después de la inflación) y la evolución de los tipos a partir de ahora es fundamental. Si los tipos no se mueven, y otros activos siguen reajustándose, podría significar también que hemos alcanzado un punto en el que el nivel de las rentabilidades generadas no pueda repetirse.

Sin embargo, si el fin del «dinero fácil» significa el fin del miedo de los últimos diez años y unas rentabilidades más altas de la liquidez y una menor volatilidad de los activos, quizá debemos darle la bienvenida.

 

 

 

 


El valor de las inversiones fluctuará, por lo que el precio de los fondos puede subir o bajar, y es posible que no recupere la inversión inicial.