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Cómo funciona Europa

Esta vez se trata de Italia.

Yo antes creía que la eurozona no era democrática, pero ahora no estoy tan seguro de ello. A primera vista, la conclusión simple es que los electorados nacionales se han visto subordinados. Cuando Grecia vota a favor de rechazar la austeridad, su gobierno se ve obligado a volver a sentarse a la mesa y consigue más de lo mismo. Cuando Irlanda se enfrenta a una retirada masiva de depósitos en sus bancos, el presidente del Banco Central Europeo le envía al gobierno instrucciones escritas en un par de folios como condición para apoyarlo como prestamista de última instancia. Y cuando el nuevo gobierno electo de Portugal decide incumplir las normas fiscales, se arriesga a salir del programa de expansión cuantitativa (QE) y acaba pasando por el aro.

Italia ya ha pasado antes por esto. En plena crisis de la eurozona, a Silvio Berlusconi se le enseñó la puerta y Mario Monti asumió provisionalmente la jefatura de Gobierno con el mandato de hacer cumplir los requisitos fiscales. Esta vez, el sistema político italiano ni siquiera se ha acercado a un enfrentamiento con las autoridades europeas. Su presidente, Sergio Mattarella, les ha hecho el trabajo al conseguir que un gobierno populista naciente sufriera una muerte prematura y luego permitir un renacimiento más benigno. ¿Es esto democracia en acción o una imposición flagrante de una dictadura tecnócrata?

La falacia de Varoufakis

Hemos de distinguir entre las políticas por las que sentimos preferencias personales y la legitimidad del proceso. Yo me he opuesto a todas las políticas fiscales seguidas en estos casos, pero –a excepción de la intervención de Trichet en Irlanda, que probablemente fue ilegal– no es obvio que sean antidemocráticas.

El proceso electoral por mayoría es un componente esencial de la legitimidad democrática, pero no constituye su único pilar. Los defectos de los sistemas de votación electoral son bien conocidos por todos. Las elecciones suelen tener como resultado un gobierno de la minoría. A menos que una gran mayoría del electorado comparta preferencias, las coaliciones dan un poder desproporcionado a las minorías y, en los sistemas de mayoría simple, una minoría del electorado suele acabar haciéndose con la mayoría de los escaños. Y, quizá más importante aún, las preferencias de los electores no son consecuentes en un momento dado, ni a lo largo del tiempo. Las decisiones tomadas en el pasado son a menudo vinculantes para los electorados futuros tal como ilustra claramente la decisión de entrar en el euro.

Como respuesta a las deficiencias estructurales del proceso electoral, las democracias maduras tienen sistemas de control y contrapeso. Las legislaturas bicamerales con distintos procesos de nombramiento o distintos ciclos electorales intentan compensar la inconsecuencia temporal y el gobierno de la minoría. Las constituciones suelen limitar la hornada actual de legisladores, y el presidente de Italia cumple una función constitucional similar.

En el mundo real, los sistemas de control y contrapeso van más allá de la estructura institucional política. La interdependencia es una pérdida inherente de soberanía. Si el capital o la mano de obra pueden cruzar con total libertad las fronteras, ello tendrá consecuencias en la toma de decisiones nacionales. Turquía no forma parte del euro, pero la principal limitación al poder creciente de Erdogan es la libre circulación del capital nacional e internacional. Puede luchar contra su banco central para controlar los tipos de interés, pero, al mismo tiempo es incapaz de impedir que la moneda se desplome.

¿Cómo funciona la eurozona?

Los hechos sobre cómo funciona la eurozona están muy claros ahora, y ninguna nación puede alegar que ha entrado en ella con los ojos vendados. Las economías de la eurozona carecen de autonomía fiscal. Eso es un hecho. No es una consecuencia de la obstinación alemana, sino de haber entrado en el euro. Puede que las normas fiscales actuales sean una parodia de las mejores prácticas fiscales, como señala Simon Wren Lewis, pero no son antidemocráticas. Si el gobierno de una nación no puede imprimir dinero, su restricción presupuestaria se ve determinada por los mercados de capitales y por el acceso que pueda tener al banco central (en este caso, el BCE). Es precisamente por esto que varios países europeos optaron por no formar parte del euro. Los que sí lo hicieron, cedieron un grado considerable de autonomía fiscal y monetaria e importaron un sistema de control sobre el poder político nacional. En consonancia con los claros objetivos del proyecto europeo, entrar en el euro limita más si cabe el extremismo político doméstico mediante una prudencia monetaria y fiscal muy estricta.

En las democracias, somos las víctimas y los beneficiarios de nuestras decisiones pasadas. La «falacia de Varoufakis» –que toda decisión electoral nacional está investida de una especie de autoridad divina– es ingenua y poco sincera. Uno no puede celebrar unas elecciones nacionales y luego alegar que tiene un mandato para cambiar las normas que afectan a toda la UE; para eso se requerirían unos comicios de ámbito europeo o una negociación entre los estados miembro.

En el caso de Italia, las reglas del juego para las grandes economías de la eurozona están muy claras: si uno acata las normas fiscales, el banco central respaldará en última instancia a su mercado de renta fija y a su capacidad de financiar los déficits fiscales; si las rechaza, tendrá que enfrentarse al mercado. Entiéndase por «mercado» el capital internacional, pero también el nacional y los ahorros. Los ahorradores nacionales rara vez son tan nacionalistas como sus representantes políticos. Los italianos son tan susceptibles como cualquiera de huir de sus bancos y de los mercados nacionales de deuda soberana si el banco central retira su apoyo. Esto no es para nada antidemocrático. Las elecciones rara vez reflejan «la voluntad del pueblo», si es que alguna vez lo hacen. La Liga Norte solo consiguió un 18% de los votos. El Movimiento 5 Estrellas, que consiguió un 30%, es un voto de protesta; es más fácil definirlo como un rechazo del statu quo que como una plataforma de política en positivo. Nadie votó por una coalición de ambas formaciones, tal escenario no aparecía en la papeleta.

La democracia real es complicada. Protege los derechos fundamentales, resuelve los conflictos políticos de manera legal y pacífica, propicia cambios en el gobierno y controla las concentraciones de poder. Lo que estamos viendo en Italia es democracia en acción.


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